EL FUTURO DE CATALUÑA Y EL JUICIO DE SALOMÓN (I)

No se trata de comprometerse de por vida, sino simplemente de saltar la valla”

Dentro de poco se cumplirán 3 años de mi llegada a Cataluña y el puñado de benevolentes lectores que se han constituido en cómplices de mis aventuras,  saben del paralelismo entre mis ansias de libertad personal en confluencia con las aspiraciones colectivas de una gran mayoría de catalanes. Desde 2012 hemos transitado juntos de victoria en victoria. Alcancé mi definitiva libertad al precio de renunciar a una vida más cómoda -un precio que ahora se me antoja regalado-. Por su parte, muchos catalanes rozaron el cielo el 9 de noviembre de 2014 y aquel día, se sintieron soberanos con todo el derecho del mundo. Probaron de la fruta del árbol prohibido; asumieron el riesgo de que les fuera vedado disfrutar de las delicias del paraíso español y  también la condena de vagar en sinuosa libertad, quien sabe si por ignotos y escabrosos espacios.

Debo alertarles de que me debato entre una ventaja y un inconveniente -que en mi caso entra dentro de la más pura lógica-. No rindo vasallaje a ninguna organización política y tal circunstancia provoca que por definición –y tal como están las cosas-, es del todo imposible que mi opinión resulte  grata a tirios y troyanos (ahora empiezo a entender a los jueces).

SALOMÓN      Empezaré por traer a colación, un suceso que nadie que sintonice con la sensatez  puede ignorar: El 2 de diciembre de 2014, un político de gran proyección -pero todavía rehén del aparato de un partido de raíz asamblearia-, subió al estrado del Palau de Congressos de Barcelona y cuando el personal fue capaz de traducir su mensaje, el soberanismo se dividió en dos. En un bando los militantes y simpatizantes de ERC y en el otro,  prácticamente,  el resto del mundo soberanista. ¿Estaba obligado Mas a contarles los detalles del 9N alternativo a Junqueras y a Herrera después de que estos le dieran la espalda?  ¿Fue este el motivo que enrabietó a Junqueras y le llevó a presentar una enmienda a la totalidad a la propuesta de Mas?  ¿No hubiera sido más lógico que ambos se hubiesen encerrado en un despacho y no hubieran salido de él, hasta haber alcanzado un acuerdo de mínimos? Debo ser una ingenua, pero aunque estemos hablando de políticos, de cuando en cuando -y sin que sirva de precedente-, no debieran hacer ascos a lo obvio.

En mi caso -y al igual que otras muchas personas que callan por un exceso de prudencia y para no ahondar en las diferencias-, me manifiesto partidaria de la lista unitaria. Si he de llevar mi sinceridad más allá de lo que el deber me reclama, mi intuición de mujer, me dice que el asunto de las listas no es lo primordial en las discrepancias entre Mas y Junqueras. ¡Qué voy a decir! quisiera contentar a todo el mundo, pero no me es posible. Ni el sabio Salomón saldría airoso de un reto como este. ¡Con lo feliz que yo vivía con todos los comentarios favorables y al borde del sonrojo!

Dicen que en la guerra y en el amor todo vale y Cataluña se enfrenta a un reto  que tiene algo de guerra y bastante de amor y desde luego no puede permitirse el lujo de desdeñar ninguna de las ventajas que le brinda tal dualidad. Ni siquiera las que corresponden al lado oscuro del ser humano.

Enfrentarse a los propios defectos, es un sano ejercicio y en este caso, el defecto que nos ocupa, cabe catalogarlo como de amplio espectro. Se llama caudillismo y es consustancial con los países meridionales; una inercia gregaria que lejos de ser repudiada, debiera ser reconducida y puesta al servicio de las mejores causas. Guste más o menos, Macià, Franco, Suárez, González, Pujol, Aznar, Esperanza Aguirre y Pablo Iglesias -en ámbitos locales o generalistas-, han sido beneficiarios de este síndrome gregario. Pese a no resultar especialmente glorioso, es el primer argumento a favor de la lista unitaria. Lo respaldan proyecciones estadísticas avaladas por el contrastado efecto Bandwagon o efecto arrastre. En casi todas las convocatorias electorales, existe un grupo relevante de ciudadanos, que modifica sus premisas electorales de acuerdo con la corriente mayoritaria. En síntesis, estamos hablando de comportamientos humanos, cuyas peculiaridades  corresponde matizar atendiendo a los distintos enclaves geográficos y sociológicos en los que se desarrolla. Los analistas de la opción unitaria en el caso catalán, defienden que el efecto Bandwagon, compensa sobradamente la hipotética ventaja de unas listas separadas que propugnan reclutar un voto de izquierda, que se supone no votaría nunca a Mas, pero que con toda probabilidad recogería la CUP, ya que no se trata de comprometerse de por vida, sino simplemente de saltar la valla. Por más paños calientes que queramos aplicar, se hace muy difícil disimular, que estamos inmersos en una pugna partidista y evidentemente desviada del objetivo prioritario. En esta línea, no es ninguna sorpresa que Quim Arrufat de la CUP, se haya manifestado partidario de la lista unitaria –entre Mas y Junqueras, claro-.  Una cosa parece estar clara; cuanto más se parezcan estas elecciones a unas autonómicas, peor para Cataluña y mejor para Podemos.

Lo malo de los conflictos políticos con planteamientos a priori divergentes, es que ninguna de las partes puede garantizar que sus argumentos sean extrapolables a la realidad postelectoral. Estos comportamientos serían totalmente legítimos en el caso de que los partidos fueran los responsables últimos de sus fracasos y aciertos, pero lo que ahora está en juego más que nunca, es el futuro de nuestros hijos y nietos. Con el añadido de que en los últimos años, mucha gente se ha dejado la piel en pos de este objetivo.

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