BUSCANDO UNA EXPLICACIÓN

Katja es una amable lectora alemana que ha escrito un post en el blog que me llamó la atención y que podréis localizar en el artículo de “40 años ignorando la realidad de Cataluña”.  Decidí que merecía una contestación a pesar de que no se dirigiera directamente a mí. Lo cierto es que se me fue la mano y la contestación me ha dado para una nueva entrada en el blog.

Costa Brava    Estimada Katja: Ojalá supiera expresarme yo en alemán tan bien como lo haces tú en castellano. A pesar de tener mis motivos, no acumulo tantas sensaciones negativas como Isabel. Desde que rompí con mi pasado, me propuse no reservarle el mínimo espacio al rencor . Tu comentario me ha llamado la atención, ya que no eres ni la primera ni la segunda persona llegada de otro país, que me ha hecho partícipe de  tu misma perplejidad. Yo me lo he preguntado también algunas veces -y seguro que podríamos debatirlo durante horas-, aunque  para encarar este tipo de cuestiones, prefiero refugiarme en la síntesis.

Una de las cosas que me llamaron la atención al poco de llegar, fue que la mayoría de catalanes mínimamente informados y concienciados, no tienen la menor duda de que forman parte de una nación; la nación catalana. Una constatación que corroboran historiadores y académicos que ejercen honestamente como tales. Es una deformación intelectual llamar a alguien nacionalista solo por sentirse miembro de una nación. En el Parlament catalán todos los grupos políticos -a excepción de PP y Ciudadanos-, parten del supuesto de que Cataluña es una nación. Incluso la propia Constitución española, con la boca pequeña, la reconoce como nacionalidad histórica. Digo con la boca pequeña, porque hasta que llegué a esta tierra, nunca oí decírselo a nadie. He preguntado por ahí, y me he sorprendido cuando un amigo que es un catalán “reposado” me ha respondido que lo que define su sentimiento de catalán es la voluntad de serlo. Al principio me sorprendió esta respuesta aparentemente simplista, pero con el tiempo me he dado cuenta que tiene una profundidad a la que solo puede accederse desde la experiencia propia y la transmisión oral recibida de los mayores. Recuperando pues la síntesis de la que hablaba, he llegado a la conclusión de que existen dos clases de naciones; las que se empeñan en fagocitar a otras y las que únicamente pretenden que les dejen vivir en paz y decidir su propio destino. Es posible que por ahí  pudiera explicarse lo de ¡catalanos marranos! (no se me ocurre otra explicación). Lo que sí sé por propia experiencia, es que España hunde sus raíces en el caciquismo y los caciques acostumbran a llevar muy mal que los que consideran sus vasallos pretendan emanciparse. Estoy convencida de que uno de los principales ingredientes que me están uniendo cada vez más con esta tierra, tiene que ver con mi cruda experiencia en el escenario familiar anterior, donde me sentí como una microscópica y maltratada Cataluña. Dicen que la confluencia en el sufrimiento une. Sea como fuere, por enésima vez, he de reconocer mi fascinación por este pueblo catalán que por encima de todo se me antoja un crisol de voluntades.

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